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“La novia de Lázaro” respira…

La sola idea de rodar una película sin un guión cerrado, improvisando los diálogos, con una trama cogida con alfileres y dejando que la acción avance a golpes de vida, en principio puede parecer un disparate o como mínimo un despropósito, pero de serlo, lo es en todo caso muy emocionante.

Si a ello añades el hecho de rodar sin una planificación previa de planos, sin saber adónde vas a llegar ni cómo ni con quién, se puede convertir a los ojos de cualquier ser sensato en una temeridad; en cambio a mí me parecía un riesgo, evidentemente, pero sobre todo un reto, tanto para mí como director como para los actores, y también, ¿por qué no?, para el reducido equipo técnico.

El resultado de todo ello tiene un nombre “La novia de Lázaro”, seguramente un paso lógico en el deambular de mi filmografía, llegar a la idea de “película viva”, algo que seguramente acariciaba o mejor dicho, buscaba, desde hace tiempo, y donde, paradójicamente, en ese terreno inexplorado, no tienes ninguna sensación de autor y la tienes toda a la vez.

Lógicamente una empresa tan arriesgada, al no ser una película al uso y mucho menos su dinámica de producción, sospecho que ningún productor al uso hubiera acometido tal empresa, por lo que una vez más no me ha quedado más remedio que tirar del carro de la producción, pero sobre todo del de aquel otro más intangible, más abstracto, más humano… el de la ilusión, la inquietud, la implicación colectiva y artística de un grupo de actores que se sumaban al proyecto por afinidad, por ideología, por amor al arte (en el mejor sentido de la palabra)…

Galvanizar esos entusiasmos es mi principal mérito, con el de Claudia Rojas a la cabeza.

Claudia, actriz tremendamente dotada, sorprendente y mágica, se me descubre casualmente como un pozo sin fondo de humanidad, encerrando a la vez bajo su piel, un animal cinematográfico de primer orden, ¿qué más se necesita para armar una película?
Dejarte arrastrar por su alma y poner la tuya al servicio de una película es lo que provoca que todo lo demás venga rodado.

Quiero evidenciar aquí, claramente, mi gratitud hacia Claudia Rojas por su generosidad y al resto del equipo artístico, desde Roberto Govín, Ramón Merlo, Franzisca Ródenas, Azucena de la Fuente… y todos los que componen el reparto, desde el papel más grande hasta el más pequeñito, por toda la ilusión y el talento que han puesto en el empeño, a pesar de los riesgos que han asumido, y no solamente artísticos, a veces también físicos.

“La novia de Lázaro” es una “película viva”, y por tanto imperfecta, tan imperfecta como lo es la vida, pero a la vez es imprevisible, también como la vida, y por ello puede ser un preciado regalo para los espectadores con espíritu aventurero; en cambio una losa de desconcierto para aquellos otros que prefieren programar hasta el milímetro cualquier detalle de su existencia, incluso a sabiendas de que siempre puede haber un acontecimiento que provoque que todos los esquemas vitales se trastoquen.

En una “película viva” el director aglutina talentos y voluntades, es inductor psicológico y narrador visual; el actor no sólo da vida a un personaje: es ese personaje, se transfigura en él mientras dura la filmación.

La creatividad compartida entre director y actores provoca que la película esté viva, que tenga corazón y espíritu, que su aspiración sea la permanencia, no el rápido olvido. Desde hace tiempo me parece una tremenda impostura la planificación o la puesta en plano en función de los decorados, de la fotografía, o de las convenciones de narrativa visual más ortodoxas…
Todo ello es contrario a la filosofía que una película viva requiere de la puesta en plano…
En una película viva el actor es dueño y señor del plano, la cámara evoluciona libremente en función de lo que sienten los actores-personajes.
Tal libertad otorga vida y emoción insospechada a cada plano; al espectador, que descubre la fuerte imbricación entre la mirada del actor-personaje y la de la cámara; y al director, que ve cómo la película crece en función de lo que nace en cada momento, y no le queda más remedio que aceptar el vértigo de estar al borde del precipicio.

“La novia de Lázaro” no se ha escrito con una pluma ni un ordenador, sino con la cámara y la moviola.
En una “película viva” estos son los dos grandes momentos de creación: el rodaje y el montaje.
La idea original, el somero argumento y la creación de los personajes son los cimientos de barro sobre los que se arma una “película viva”, son el pretexto para involucrar a los actores que se han de convertir en personajes, por ello el casting es pieza fundamental, junto a la creatividad del rodaje y del montaje.

En el caso de “La novia de Lázaro”, la curiosidad por la historia que me vino a la cabeza se convirtió en fascinación cuando descubrí a Claudia Rojas como Dolores y en auténtica obsesión cuando sentía íntimamente que la vida salpicaba la película y ésta a la vida.
Entonces, embarcado en una obsesión fascinante de vida o fascinado obsesivamente por una película, sólo puedes seguir adelante, darte un baño de libertad y tratar de ser artista, sin poner reglas al juego ni mordazas a la vida, pues un guión cerrado ahoga la vida, que ha de ser libre.

“La novia de Lázaro” es democracia en estado puro. Contra la dictadura del director, se impone una creatividad compartida, donde paradójicamente el director sale fortalecido pues es más director que nunca.

El director democrático lo es más que el director dictador, curiosamente la autoridad moral que te da el refrendo en esas urnas simbólicas donde tus colaboradores te refrendan es más fuerte que la suma de todos los contratos de trabajo, de coproducción, derechos de antena o subvenciones que pongas sobre la mesa.

Fernando Merinero

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